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Historia no oficial del Bronx

Por: Felipe Laverde Salamanca
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entro de toda la oferta de males, la perdición principal allí era la droga. La terrible droga: el trago, la bareta, el perico, el pegante, el bazuco es su traje de gala, las bichas. Posiblemente un cheque en blanco endosado al mismísimo Satanás.

El Bronx era La Olla del Diablo, una calle maldita, un nido de ratas, un lugar sin Dios, pero con sus propias leyes. Uno de los sitios más peligrosos de Latinoamérica y, tal vez, del mundo. El verdadero reino del hampa, la guarida de El Señor de la Moscas, donde los que ingresaban no sabían si salían vivos y si eran bienvenidos, tenían que convertirse en muertos en vida.

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Olla. - 1. Recipiente donde el Diablo cocina a fuego lento sus peores platos: los más adictivos. Los comensales que prueban su sazón difícilmente se sacuden el sabor casi irresistible de la boca. 2.Nombre que recibe el lugar donde prospera el narcotráfico. Sirve de sitio de acopio y distribución de distintas drogas, también este lugar es un epicentro del delito en todas sus clases.

Era el infierno en la tierra, que desgraciaba y maldecía al que lo visitaba, pues cualquier curioso que pusiera un pie en sus terrenos corría el riesgo de perderse para siempre en una espiral en caída libre, casi sin retorno.

En este paraje salvaje de ganchos, sayayines, prostitutas, ñeros, taquilleros, patinadores, campaneros, desechables, hombres sin esperanzas y mujeres con sueños rotos, los jíbaros podían ser los faunos que tocaban las melodías más seductoras con sus flautas y los travestis podían imitar casi a la perfección los cantos de las sirenas.

Pero no todo fue así siempre. Esta es la historia, no oficial, del Bronx.

Antes de la olla del Bronx, existió un caldero más grande

Si El Bronx era una olla, El Cartucho, que fue mucho más extenso, era el caldero del mal.

Nació en el barrio Santa Inés, uno de los enclaves más antiguos de Bogotá. Algunos historiadores señalan que este apareció en la época de la Colonia en el año de 1772 y fue hasta el último tercio del siglo XIX que se constituyó como un barrio residencial.

Su piedra fundacional fue la iglesia de Santa Inés de Montepulciano, en donde llegaron a morar los restos del botánico José Celestino Mutis, según Néstor Cardozo, historiador de la Universidad Nacional. Este es el origen del nombre del barrio.

Información que sobrevivió gracias a la tradición oral reseña que, a finales del siglo XIX, habitaron allí algunas importantes familias capitalinas como los Liévano, los Rima, los Salem y los Turbay, entre otras.

Se conoce, de primera mano, que en el Santa Inés existió la primera sede del Instituto de Bellas Artes de Colombia, que fue la casa del reconocido pintor Ricardo Acevedo Bernal.

Su debacle fue paulatina, pero llegó tras la muerte del líder político Jorge Eliecer Gaitán, en El Bogotazo, el 9 de abril de 1948. Luego se le sumaron otros males como: la demolición de la plaza central de mercado y de la iglesia de Santa Inés, cuando el alcalde de la ciudad de entonces, Fernando Mazuera, decidió demoler la estructura para construir la carrera Décima, hecho que dividió al barrio en dos.

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Cartucho. - 1. Flor maldita donde habitó lo peor de la condición humana. 2. Lugar en Bogotá, ubicado en el centro de la ciudad, donde reinaba la delincuencia. Era una cuadra entera donde se cometían delitos de toda índole y que funcionó desde los sesenta hasta 1998.

Las familias prestantes se mudaron al norte y esta decisión convirtió a esta zona en una especie de terminal de transporte y un espacio para las bodegas de reciclaje. El caldo de cultivo se gestó, la droga empezó a llegar, junto con el contrabando, y con ella el deterioro del Santa Inés.

Nacieron las primeras ollas y las pandillas expendedoras de estupefacientes.

Se gestó El Cartucho, el epicentro de la maldad: de la carrera Décima a la Avenida Caracas (carrera 14) y de la calle Sexta a la calle Décima, toda una manzana, pero podrida.

Existen dos teorías de su nombre: unos dicen que las primeras familias del crimen organizado allí, los Ariza y los Arguello, fueron los que introdujeron el bazuco y traían esta droga en cartuchos para luego venderla en tubos de vidrio. Otros indican que El Cartucho se llamaba así porque dos de sus calles formaban una forma parecida al lirio de agua, llamado también cartucho o flor de pato.

Un censo hecho por Renovación Urbana en 1999 evidenció que allí vivían más de 10.000 personas en 602 inmuebles. Además, aquel estudio reseñó que iban y venían más de 3.000, durante el día.

Un informe realizado por Noticias Caracol, en 2004, señala que para entonces se vendían hasta 70 mil dosis de droga diarias y que entre el reciclaje, la venta ilegal de armas, los combinados -que eran los restos de comida que se vendían a 500 pesos y se servían en hojas de directorios telefónicos- se podía ver el verdadero rostro de la miseria de la Bogotá subterránea.

En 1998 ardió El Cartucho.

La orden de desalojo la dio el alcalde de ese periodo, Enrique Peñalosa, y a punta de tanquetas, escuadrones antimotines, sirenas, chorros de agua a presión, bombas aturdidoras y gases lacrimógenos fueron echados a la fuerza todos los habitantes del Cartucho.

En una desgarradora declaración televisiva, una de las afectadas, entre llanto, dijo:

“Nosotros merecemos respeto como ustedes los humanos”.

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Ñero. - 1. La nea, la gala, la rata, el perro, el pez, el socio, la llave, el pana, el gamín, el amigo, el parcero, el indigente, el compinche, el ladrón, el cómplice. 2. Contracción de la palabra compañero, utilizada para referirse a otro individuo de manera despectiva. Generalmente es usada para llamar a una persona de mal aspecto y mal hablado, aunque en ciertos círculos sociales denota amistad.

Tal vez, esa fue una muestra clara de lo que representaban todas esas personas para la sociedad: individuos despojados de cualquier rastro de humanidad, seres sin huella, rastros intangibles.

Los motivos que esgrimió la Alcaldía de Bogotá para llevar a cabo esta acción fueron: rescatar a esta gente de la degradación humana; impedir que los carteles de droga siguieran creciendo y reconstruir la zona en su totalidad.

Hasta 2003 se demolió la última casa del Cartucho.

Sin embargo, aquellos ideales se fueron al piso y no se cumplieron del todo porque con el desalojo del Cartucho se engendró un mal mayor: El Bronx.

El imperio del mal continuó, se armó la olla

El Bronx se asentó como un parasito que engordó y pululó entre las carreras 15 y 16, de la calle Novena a la Décima, en el barrio Voto Nacional. Desde arriba, en el mapa satelital de Google, se ve como la calle 9ª y la carrera 15 bis forman la maldita ‘L’ de la infamia.

Este nuevo foco de la inseguridad y núcleo del narcotráfico en Bogotá, paradójicamente se ubicó detrás de la Dirección de Reclutamiento del Ejército, muy cerca de la Policía Judicial, el Comando de la Policía Metropolitana y muy próximo a la Presidencia de la República.

Copió su nombre del popular condado homónimo de Nueva York, aunque en nada se parecía a aquel lugar de la Gran Manzana.

En El Bronx tiranizaron sus propias leyes.

Allí había casas de pique en donde descuartizaban a las personas; “salas de masajes”, en las que golpeaban a los sapos (delatores), a los ladrones y a los desobedientes para ser torturados por los sayayines -nombre robado de los guerreros del anime japonés ‘Dragon Ball Z’-.

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Pipa. - 1. El vehículo que cuando se enciende transporta a su dueño a un aparente mundo libre de preocupaciones, miedos, lógica y dolores. Es la llave a un abismo que puede cobrar la vida. 2. Utensilio para fumar tabaco u otra sustancia adictiva que puede ser de carácter alucinógeno, como por ejemplo el bazuco. El bazuco es una droga elaborada con residuos de cocaína mezclada con otros químicos, que puede ser fumada o inhalada.  

Estos siniestros hombres que vigilaban azarados a todos, traficaban armas, asesinaban, cobraban deudas, eran proxenetas y violaban todos los derechos humanos que se les atravesaban.

En los lugares de tortura podían dar electrochoques, derretir los cadáveres en ácido, calcinar los huesos en hogueras improvisadas hechas de llantas, pasar a cualquier cristiano a sus pseudoleones: los pitbulls que arrancaban manos y dedos de una dentellada, capaces de comerse vivos a los desdichados en 15 minutos.

Los sayas no diferenciaban ni le tenían misericordia a nadie por su edad. Podían amedrentar a niños, ancianos, hombres y mujeres por igual. Por eso tocaba volverse sordo, ciego y mudo; allí cualquiera que no fumara era sospechoso por eso las pipas eran esa suerte de amuleto de redención ante los ojos de los buitres que merodeaban y patrullaban en las sombras.

En esta macabra estructura delincuencial, la jerarquía estaba organizada de la siguiente manera: jefe de la organización (líder supremo); subjefe (segundo al mando); administrador del territorio (mano derecha del subjefe); administrador de línea (coordinador de las taquillas, los puntos de venta de droga); jefe militar (líder del personal de seguridad); sayayines (los guardias y vigilantes del Bronx); contador (administrador de las taquillas); taquilleros (el vendedor de las sustancias a los consumidores); patinadores (los que surtían las taquillas de drogas) y los campaneros o moscas (quienes avisaban de la presencia de las autoridades).

El Bronx en cifras

  • Según antiguos taquilleros del Bronx, había 8 puntos de venta de drogas funcionando las 24 horas.
  • Al día se vendían 460 millones de pesos en efectivo, sin contar la prostitución o las máquinas de juegos. Al mes, 13.800 millones, al año, 165.600.
  • Datos de la Alcaldía hablan de un estimado de 2.053 habitantes de calle viviendo allí.
  • Se encontraron 830 máquinas tragamonedas ilegales.
  • Más de 200 menores de edad eran explotados sexualmente.

Algunos testigos rememoran que en El Bronx hubo un cocodrilo que comía gente, que devoraba a los embalados y asustaba aún más a los amurados, Pepe era su nombre. No obstante, se desconoce qué hicieron con él.

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Amurado. - 1. Un individuo, preso del miedo, terminó metido entre dos muros. En este lugar el sudor lo inquieta, la angustia lo castiga y la desesperación no lo suelta. 2. Expresión para referirse a una persona que está muy nerviosa y siente una presión de parte de un factor externo. Esta sensación la puede dar la abstinencia o los efectos del consumo de drogas.

De igual modo, se sabe que en el interior del Bronx había una casa de brujería en donde, según algunos relatos, había una mujer gorda que rezaba el bazuco con ramas de eucalipto. Ella utilizaba el trago decomisado para crear una pócima con aguapanela y otras sustancias, que luego era repartida entre los adictos. Si funcionaba o no, la creencia entre los habitantes del Bronx era extendida, de acuerdo con ellos esa era otra de las razones por las que costaba salir de allí, existía un embrujo.

Aunque parecen historias irreales y de fantasía, ocurrieron al interior del Bronx y estas agrandaron el tamaño del mito de la calle maldita de Bogotá.

El fin del calvario

El operativo Némesis desplegado el 28 de mayo de 2016, que inició a las 2:15 a.m., fue llevado a cabo por más de 2.500 hombres de la Policía Nacional y el Ejército.

Ese día fueron atendidos 1.439 habitantes de calle y 860 durmieron en centros de atención. El domingo 29 de mayo otras 1.058 personas recibieron ayuda y 849 pasaron la noche en los puntos de atención de la Alcaldía de Bogotá, dirigida de nuevo por el mismo alcalde que acabó con El Cartucho.

La pesadilla y la noche oscura de aquella cuadra tétrica se acabó.

Pero pese a todo este trabajo, todavía hay 9.538 habitantes de calle en Bogotá, según el censo de 2018, y un nuevo Bronx puede emerger en cualquier momento.

La responsabilidad es compartida: los organismos de control, los políticos, la fuerza pública, los expertos, los medios de comunicación, los ciudadanos y cualquiera que pueda ayudar deben velar para que las puertas del mal no se vuelvan a abrir en la ciudad y para que nunca más se vea un territorio con estas características en la capital.

La historia del Bronx hay que contarla y darla a conocer para que, ojalá, nunca más se vuelva a relatar y a repetir.

Ya se demostró: a la serpiente se le puede pisar la cabeza y se le puede arrebatar la olla al Diablo.

Por: Felipe Laverde Salamanca - Periodista

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CARTA DEL DIRECTOR

Por: Roman Avendaño
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ste no es un corto de ficción, ni mucho menos sobre delitos y drogas.

Este es el recorrido desde los ojos de Giovanni Mascheroni por esos 300 metros que fueron catalogados en su momento como la calle más peligrosa de Bogotá.

En la memoria colectiva de los colombianos retumba el nombre que se le adjudicó a un par de calles del centro de Bogotá donde gobernó por años el tráfico de drogas, la violencia y la muerte: El Bronx.

Los medios de comunicación siempre nos mostraron escenas que salían de la calle 10 con carrera 15 Bis, donde saltaban a la vista la indigencia, la drogadicción y pululaba el tráfico del mal. Pero como pasa la mayoría de las veces, solo lo vimos en las noticias, muchas veces antes de entretenernos con la sección de deportes.

Un día, en el marco de producción de la serie El Bronx, emitida por Caracol Televisión, quise ahondar un poco más para complementar mi trabajo como periodista digital en el que buscaba información sobre la construcción de la serie, sus libretos y locaciones. Fue aquí cuando Claudia Facio-Lince me compartió el contacto de Giovanni, protagonista de este corto, quien había contado parte de su historia en las calles consumiendo bazuco para dar un poco de guía en los libretos y construcción de la serie.

Me alenté a contactarlo. Debo confesar que, con algo de pena, pero me lancé. El video originalmente fue grabado en muy baja calidad, pues arrancó como una entrevista, se realizó por Skype, a distancia (Mascheroni en Barcelona y yo en Bogotá). La sorpresa es que fui por plomo y regresé con oro, el material resultó tan interesante que desde ese momento supe que había que hacer algo más con tan valiosa información. No cabía en la carne después de escuchar tales historias y de saber que tal vez podrían cambiarle la vida alguien más.

Inmediatamente pensé en Julián Galvis, un gran amigo que la vida me quitó en la adolescencia por la adicción a las drogas. Me imaginé que si tan solo él hubiera visto esa entrevista antes de coger calle en el centro de la ciudad su historia hubiera podido ser otra. Ahora ya no era solo un gusto, pasar esa voz se convirtió también en una responsabilidad, por lo que sin dudarlo hablé con el jefe editorial sobre la joya testimonial que habíamos conseguido y el apoyo fue total.

El grabar el material en tan baja calidad implicó buscar una solución visual para poder adaptarlo a una pantalla de alta definición, que en este caso resultó ser el recurso de ponerlo dentro de un televisor, además, lo mejoró narrativamente, pues este elemento siempre nos conecta con una magia y un pasado.

Una constante dentro del mundo de la drogadicción es que la realidad se pierde, los días y las horas ya no importan, se perciben cosas que no existen, el cuerpo se olvida, los sentidos se cruzan y a veces hasta queda la duda de si lo que se recuerda fue real o no, como en un sueño lúcido, un sueño largo y amargo. Aquí entendí que la animación era la herramienta perfecta para narrar estas situaciones. Stop motion, motion graphics, pixilation y animación 2D fueron las técnicas usadas para recrear el camino de Giovanni. Confieso que este proyecto también fue la excusa perfecta para retomar esa verdadera pasión que me hizo entrar al mundo audiovisual: animar.
 

“Tú aprendes en la calle que lo imposible no existe y que el ‘no se puede’ es una excusa”, G.M.

Aquí emprendimos el camino de reconstrucción. Siete días de preproducción, nueve días de grabación y dos meses de posproducción sin parar, incluyendo mi día de cumpleaños; en este momento son poco para el mensaje que se quiere transmitir con este trabajo. La animación en stop motion requiere pararse y sentarse miles de veces en tan solo una hora, así que el cuerpo termina como las baldosas del Bronx, con quebrantos. Se tomaron alrededor de 2700 fotografías para animar, sin contar las secuencias de video.

La Olla del Diablo es un trabajo dedicado principalmente a aquellos que nacieron para perder, pero viven para ganar. Con Mascheroni charlamos un par de veces y después de construir una empatía -que hoy en día es enorme- y de permitirme compartir su historia con el objetivo principal de llevar algo de esperanza a las personas que están atrapadas entre los muros de algo, no solo de la droga, porque adicciones hay miles, hasta emocionales, solo me sumo a esa intención.

Espero que la audiencia entienda que este no es un corto de ficción, ni mucho menos sobre delitos y drogas, que conozca que el Bronx fue una huella negativa de esta ciudad que, por fortuna, ya desapareció y no debe regresar jamás; pero principalmente espero que reciba con empatía a Mascheroni para entender a través de una experiencia real el por qué no debe repetirse ni aquí ni en otro lugar del mundo.

Agradecemos al protagonista de este corto documental por relatarnos abiertamente anécdotas de sus años en estas cortas calles, las mismas que lo vieron descender, ir al infierno y ver nuevamente el amanecer. Gracias, Giovanni Mascheroni por haber salido del hoyo y hoy poder dar un testimonio útil a la sociedad, nuestra sociedad.

Por: Román Andrés Avendaño Hurtado

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EL BRONX: DISTRITO DE LUZ

Por: Juliana Moreno Villegas
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ayo 28 de 2016, las manecillas del reloj marcaban las 2:15 de la madrugada, el obispo castrense predicaba el Salmo 91 y daba su bendición. La historia de un país y del centro de su capital, estaba a punto de partirse en dos.

5:20 de la mañana, hora precisa para que los 'ganchos' de las calles más peligrosas de Bogotá hicieran su cambio de guardia, pero también tiempo exacto para darle inicio al operativo bautizado Némesis –diosa griega de la justicia y del castigo– el cual inundó las carreras 15, 15 Bis, 15 Bis A y calles 9.ª y 10. ª de uniformados llenos de coraje; quienes se hacían sentir con sus gritos y las fuertes pisadas de sus botas. Los sonidos que retumbaban de las explosiones de sus armas y granadas anunciaban el fin de una historia de delincuencia, drogadicción, muertes y prostitución; era el desenlace de más de 18 años de dolor y crueldad humana, el epílogo de uno de los lugares más temibles del mundo: El Bronx.

Pero no solo se dio una consumación, esos amedrentadores sonidos también presagiaban un nuevo amanecer, no como el de todos los días; esta vez, el sol salió brillando con rayos de esperanza, justicia y lucha.

Luego de esto, el proceso ha sido lento pero progresivo, pues los índices de homicidios y delitos hablan por sí solos: la inseguridad en las localidades Los Mártires, La Candelaria y Santa Fe cayó un 12 %, del 28 de mayo de 2016 al 28 de abril de 2017. Es decir, se registraron 508 delitos menos que los que ocurrieron un año antes de la intervención, según cifras de la Policía Nacional.

De los 300 metros que conformaban el Bronx, solo quedan los recuerdos y la historia para no repetirla, pues actualmente es un rayo de luz que significa ilusión y paz para el corazón de la ciudad, convirtiéndolo en un Distrito Creativo.

Tres años después, el panorama luce esperanzador. Ahora, los sonidos de las balas se cambiaron por los de los instrumentos, el piso ya no se tiñe con sangre sino con pinturas que hacen arte por sus calles, las voces no interpretan súplicas de ansiedad por el bazuco y la desolación sino canciones armónicas que le dan una nueva vida al centro de la capital colombiana.

En medio de escómbros se canta victoria porque ya no mandan 'Mosco', 'Manguera' y 'Payaso', ahora los líderes son los talentos y las destrezas de los ciudadanos. Los animales que por allí caminan ya no son víctimas de maltrato y explotación, ahora hacen sus siestas plácidos y tranquilos. 

Aunque en la actualidad las fachadas no luzcan relucientes, bien pintadas y sean ruinas llenas de grafitis deteriorados que guardan historias; ante el fin de tanta maldad, estas condiciones pasan a ser superficiales y banales, lo realmente importante es el respiro de tranquilidad y el regreso a la vida de este sector.

El centro de la ciudad es totalmente vital para su desarrollo y, aunque hubo tanta delincuencia y tanto dolor, la luz que se ve al final del túnel es lo más valioso; como reactivar las dinámicas productivas y comerciales para que los ciudadanos le den una oportunidad a la nueva cara de estas calles.

Aun cuando es difícil borrar de la mente tantas imágenes crueles que, no todos vivimos en carne propia, nos tocaron por el solo hecho de que pasaran en nuestro país; se debe dar una nueva oportunidad de florecer, de seguir trabajando con esperanza y seguir luchando para que nuevas alternativas reemplacen la muerte, la drogadicción y la prostitución; dejando atrás aquel pasado oscuro y meterle la ficha al arte y a la cultura.

Allí se siguen sembrando esfuerzos y cosechando pequeños logros que han hecho grandes cambios. Lo que antes era un teatro donde se montaban obras no ficcionales de sangre y muerte, se ha convertido en un escenario que en los últimos años ha acogido a más de 27 mil personas en 32 eventos como conciertos, exposicones de arte, desfiles de modas, recorridos guiados, conversatorios y talleres creativos; demostrando que sí es posible un cambio para que el que algún día fue el hoyo más oscuro de Colombia, anhele transformarse en un paraíso de cultura urbana, creatividad y emprendimiento.

 

Hoy en día, en este lugar que parece estar desolado, se adelanta un plan de transformación a paso firme que en su marco lleva la firma de dos convenios con la Nación, además se construirá una nueva sede del SENA para abrirle las puertas a la educación con una inversión de alrededor de 100 mil millones de pesos. Por otra parte, el Ministerio de Defensa firmó un acuerdo para que el batallón que se encuentra ubicado en este sector sea adquirido por el Distrito y haga parte del plan de renovación urbana, convirtiéndolo en el epicentro de la economía naranja, según lo asegura la Secretaria de Integración Social de la capital.

Oficialmente, se despide una república independiente de delicuencia y se le da la bienvenida a un lugar donde confluirá la inspiración, la armonía y la esperanza. Gracias a todos los que han entregado su corazón y su vida por este cambio sin precedentes, a quienes luchan cada día por abonar este terreno y sus proyectos con amor, dedicación y entrega para que florezcan en medio de cientos de desoladoras anécdotas que ya se han convertido en un amanecer lleno de luz, tal y como la vida de nuestro protagonista.

"Yo he tenido suerte de salir de ahí y no conozco a nadie con esa misma suerte", Giovanni Mascheroni

Ahora, la esperanza está puesta en esas personas que batallan por los derechos humanos, el bienestar, la cultura, el arte y la creatividad; porque haya más almas y corazones como los del director de la Olla del Diablo y Giovanni Mascheroni que se unen para contar un capítulo que no debe repetirse nunca más en la historia de un país.

Por: Juliana Moreno Villegas- Periodista 

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